El próximo 7 de febrero se cumplirán 41 años del regreso a España, después de 37 años de exilio, de la última Reina de España, Doña Victoria Eugenia, la antecesora inmediata de Doña Sofía.
Lo hizo para amadrinar a su biznieto, el Príncipe Felipe. Sólo permaneció en Madrid unos días. Se marchó para no volver jamás.
Coincidiendo con este aniversario, la escritora Pilar Eyre, una magnífica periodista y excelente escritora, publica una interesante novela-histórica sobre su apasionada, apasionante y desgraciada vida bajo el título de
Ena. La novela
(La Esfera de los Libros).
La autora reconstruye, con sensibilidad y maestría, y con datos históricos, la existencia de la esposa de Alfonso XIII, "una Reina a la que nadie quiso; una mujer despreciada por su esposo, anulada por su suegra, ridiculizada por la corte, ignorada por sus súbditos y abandonada por sus hijos". A pesar de todo esto, una soberana llena de dignidad a su muerte.
Un mes antes de que falleciera, en abril de 1999, tuve la satisfacción personal y profesional de ser recibido por ella en su villa de Lausana, donde me concedió una larguísima entrevista de la que sólo apareció, en
Hola,
un extracto por razones obvias. Lo que dijo no era publicable entonces.
Lo que más me impresionó y nunca he olvidado fue reconocerme con tristeza: "Yo no tenía que haber ido al bautizo de mi biznieto, yo no debía haber regresado nunca a España. Pero mi nieto Juan Carlos me lo pidió".
Fuera por eso, o por decisión personal, lo cierto es que se trató de una operación calculada.
La Reina aprovechó el regreso, o decidió regresar, para tener la oportunidad de colocar el pedazo perdido del puzzle español en el lugar que ella consideraba debía estar.
Todo el que quiso entendió la lección cuando la Reina, antes de abrazar a su hijo, el Conde de Barcelona, que le daba la bienvenida en el aeropuerto de Madrid Barajas, le hizo la reverencia demostrando, con este protocolario gesto, quién era el Jefe de la Casa Real española, quién era el futuro Rey de España (¿).
"Aún no me explico cómo pudo soportar mi corazón la emoción de aquel reencuentro tan temido -me diría durante la entrevista-. Reconozco sinceramente que no esperaba el reconocimiento que me hicieron. Piensen que mi salida fue muy triste. Por ello, cuando emprendí el viaje, el 7 de febrero, sentía, en lo más profundo de mí, una mezcla extraña de sentimientos. Sobre todo de preocupación y tristeza... no olvide que, cuando me marché, en aquel terrible día de abril de 1931, lo hice sola, con mis hijos, uno de ellos enfermo. El Rey se había marchado, el día antes, abandonándome a mi suerte".
El Príncipe Felipe puede que nunca llegue a saber, en toda su profundidad, lo arrepentida que estuvo, hasta su muerte, de haber regresado al país "donde gobierna el hombre que mantiene a mi hijo en el exilio. Fue una debilidad que nunca debí permitirme".
Se murió con ese sentimiento.
Bienvenido sea el libro de Pilar Eyre que no ahorra, en esta biografía novelada, ningún detalle de la vida más íntima de una reina de leyenda, la abuela de don Juan Carlos, la bisabuela del Príncipe de Asturias.