La continuidad política de la Administración de Barack Obama, expresada en la voluntad de que continúe la negociación de Israel con sirios y palestinos, para el tratado de paz entre Tel Aviv y Damasco, y para la plasmación final del Estado palestino, es un empeño que enfrenta idénticas dificultades a las que presentaba durante la recién extinta presidencia de George W. Bush. No ha necesitado la Casa Blanca nueva ni una sola semana para saberlo.
El binomio Irán-Hamas -que es cóctel
anti natura
porque uno es integrista en el chiismo y el otro el sunismo, además de derivado genético de los Hermanos Musulmanes egipcios que mataron al presidente Sadat- ha puesto sobre la mesa las cartas, los cohetes y la dinamita contra carros de combate, que es la flor de la industria militar de los persas. Hamas rompe el alto el fuego reventando un tanque israelí, lo que encuentra la réplica en la reanudación judía de los bombardeos contra los túneles de abastecimiento, y Mahmud Ahmadineyad devuelve la oferta de Obama para sentarse a negociar con la condición de que todo sea precedido con disculpas norteamericanas por los agravios históricos inferidos a los iraníes...
Se deja notar ya, cuando el baile diplomático aún no ha empezado, la incisiva presencia de la piedra iraní en el zapato presidencial estadounidense. Carece Irán de todo interés en que siga adelante el diseño básico de Washington para la paz en el Oriente Próximo. Ni le conviene que Israel y Siria hagan las paces, mediante la devolución de la Meseta del Golán, ocupada por los judíos desde la guerra de 1973, derivándose desde ello el dominio hebreo sobre los importantes recursos hídricos de ese espacio.
Tampoco resulta de la conveniencia iraní la edificación del Estado palestino, porque ello supondría la estabilización política a medio plazo de esta parte del pueblo árabe en la que el régimen de Teherán encuentra la palanca con la que desestabilizar crónicamente y estructuralmente las relaciones de Israel con los agarenos. Políticamente, Siria es para la República Islámica de Irán una ventana política hacia Occidente. Y, desde un punto de vista instrumental, lo que a estas alturas de la Historia se ha convertido en maximalismo palestino, es tanto como la impugnación delegada (por los iraníes) de la existencia del Estado de Israel.
Por eso ha podio decir ayer la ministra israelí de Asunto Exteriores, Tzipi Livni, en unas declaraciones a
La Vanguardia,
que "Hamas atenta contra el Estado Palestino". De no ser así no habría roto la tregua, como hizo en las pasadas Navidades, para ir a un conflicto que detendría infaliblemente las negociaciones entre Israel y el presidente de la Autoridad Nacional Palestina. Su final habría de coronarse en estas semanas que nos separan de la primavera y traería ello consigo, en su inmediatez, el triunfo electoral del partido Kadima y de sus aliados los laboristas. Quedando de tal modo arrumbado el partido de Netanyahu.
Crudo lo tendrá con Irán el presidente Obama, y compartirá crudeza y asperezas con él la flamante secretaria de Estado. Ser mujer allí, en Irán, no le ayudará en su trabajo.