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29 enero 2009

Número 3.767 Año X

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Ya es ortodoxo hablar de recesión

Enrique Badía

No ha sido sorpresa para casi nadie. ¿O sí? El avance de datos de crecimiento servido por el Banco de España confirma lo que la mayoría pensaba: la economía española ha entrado en el 2008 -técnicamente- en fase de recesión. Más inquietante que la consecución de dos trimestres seguidos con tasa negativa es la brusquedad del deterioro perceptible en la última parte del ejercicio, por lo que pueda tener de anticipo del año que acaba de comenzar. Sale reforzada, por tanto, la principal incógnita que ahora mismo gravita: ¿resta por llegar lo peor?

Algunos indicadores ya presagiaban que el consumo se había retraído con fuerza los dos últimos meses del pasado año. Uno de ellos, el comportamiento de buena parte del comercio, anticipando y ampliando ofertas, descuentos y rebajas desde semanas antes del pleno de la campaña de Navidad. Y, puesto que el consumo doméstico venía siendo uno de los principales impulsores de la tasa de crecimiento, si no el principal, era presumible que se estuviera acelerando la fase de contracción.

Pero había más. La rápida destrucción de empleo reflejada en los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) y los facilitados por el Ministerio de Trabajo, junto al cómputo de afiliaciones a la Seguridad Social, ya perceptible tras el verano, no podía por menos que repercutir muy negativamente en la evolución del Producto Interior Bruto (PIB). Lo mismo que la tendencia apreciada en el indicador de confianza de los consumidores, un excelente trabajo auspiciado desde el Instituto de Crédito Oficial (ICO), sólo podía materializarse en la campaña navideña como se acaba de constatar.

La realidad, pues, ha acabado confirmando muchas predicciones... menos las del Gobierno, que lleva equivocando sus cálculos desde hace ya demasiado tiempo como para confiar en que los que actualmente maneja no acaben tanto o más desmentidos que los anteriores por la cruda realidad.

Releer o repasar las sucesivas seguridades que el Ejecutivo y los dirigentes del PSOE han ido vertiendo durante el 2008, apostando con firmeza porque la tasa de crecimiento y el desempleo no serían ni de lejos lo desfavorables que al final han sido, no es precisamente la mejor base para generar la confianza que, entre otras cosas, precisaría ahora mismo la sociedad para siquiera apuntar un inicio de recuperación. Por no mencionar las imputaciones de antipatriotismo vertidas sobre los que se atrevieron a sugerir que lo que ha pasado iba a pasar; por las que, por cierto, nadie ha pedido excusas a fecha de hoy.

El pasado lunes, en su dilatada comparecencia televisiva, el presidente del Gobierno aseguró de forma tajante que ni él ni nadie desde el Ejecutivo había ocultado la crisis, ni durante ni después de la campaña electoral previa a los comicios de marzo del pasado año. Sostuvo, a modo de justificación, que todas las previsiones en aquel momento disponibles señalaban una fase de desaceleración, pero en modo alguno nada parecido a lo que ha acabado ocurriendo. Sólo que, sin ponerlo en duda, deja en lugar poco brillante la capacidad de análisis de los distintos organismos gubernamentales dedicados a prever o anticipar la evolución de la economía. Porque sólo con calibrar adecuadamente las cifras y datos facilitados por organismos de la Administración debiera haber sido suficiente para no mantener de forma tan empecinada que las cosas ni iban, ni iban a ir tan mal.


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