La sociedad civil se pregunta
por la salud de los valores que la justifican. Sabe que de su celo depende que las cosas sigan marchando, pues de lo contrario, los civiles, que son muy cucos ellos tomados de uno en uno, se salen por la tangente y toman atajos y rodeos precisos para evitar cumplir las normas, seguir los procedimientos, aplicar los protocolos y, en definitiva, mantener vigentes los logros colectivos, que ya sabemos se han conseguido con el esfuerzo común pero que individualmente cuesta mantener.
Los valores sociales que alumbran la sociedad de derechos y deberes vienen de muy lejos, y a poco que se escarba en las sociedades primitivas, se descubre su rostro entre la práctica social o aparece al menos algún precedente significativo. Por eso, los valores sociales que se mantienen vigentes han tenido que sobrevivir al tiempo, que no es otra cosa que los cambios de tiempo. La historia se sucede en el tiempo como las aguas de un río, y como éste, pasa por donde puede y se adapta como puede a los contextos diferentes que le toca vivir. Los valores se empeñan en ese
rafting
histórico con el afán de seguir sirviendo para algo. Algunos logran mantenerse en el ideario cívico y gozan de buena salud al cabo de los años. Otros, por contra, se van arrumbando, cada vez más cerca de los márgenes sociales, con la nostalgia como alimento y el destino fatalmente decidido.
Es curioso cómo valores vigentes suenan estentóreos en su contexto actual y otros, sin embargo, pudiera parecer que se acaban de inventar y consolidar. Algunos pensamos que son pasajeros y otros parecen eternos. Lo que les sucede, sin embargo, es igual de contradictorio que separado sea todo junto y todo junto sea separado. Otra paradoja.
La sociedad civil contempla en estos días el declive del valor de la lealtad, patente en cualquier dirección que miremos. Los leales se despistan a poco que sople en contra y la tropa fiel o se desintegra o directamente se pasa al enemigo con una desfachatez que sonroja. Se marcha el jefe pero el empleado que había jurado lealtad personal se queda por
responsabilidad institucional.
Y los espías que uno paga, le espían a uno. La lealtad es un valor personal. No creo en la lealtad a nada que no sea el ser humano. La llamada lealtad institucional es una añagaza más para quedarse sentadito en el sillón a la espera de que pase el temporal y los nuevos aires se den cuenta de lo que valemos. La lealtad es lealtad personal. Lealtad a quien ha apostado por nosotros y a quien hemos unido nuestro destino aunque sea sólo el profesional. Lealtad a quien hemos dejado que abra el camino ante nosotros arrostrando los riesgos de quien va por delante. Lealtad a quien nos procura bienestar económico y bienestar psíquico, manteniéndonos junto a él, frente a los demás. Está claro que no vamos a inmolarnos en la pira funeraria junto a su cadáver, pero hay que tener la vergüenza necesaria para irnos a casa con él.
Los tiempos duros paren hombres duros que se dejan los valores en casa bajo siete llaves y salen como los lobos, inclementes y feroces ante la escasez.
Vuelve el aire transparente como un recuerdo infantil a sonar. Enero