No ha sido el primero y seguramente tampoco será el último: el consejero delegado del banco ING, Michel Tilmant, percibirá 1,3 millones de euros como compensación a su despido, según se supo ayer. Se añade, pues, a la lista de altos directivos que van a salir magníficamente librados de una crisis que, en mayor o menor medida, ellos mismos han provocado o al menos no han sabido evitar.
Muchas compañías han tenido un recorrido reciente bastante similar al que se atribuye al banco holandés: brillantes ejercicios en años de alto y generalizado crecimiento de la economía y debacle cuando la coyuntura ha empezado a empeorar. Por lo primero, los ejecutivos han percibido
bonus
sustanciosos. Por lo segundo, algunos han dimitido bajo amenaza de despido o simplemente han sido defenestrados, pero se han ido con
premio,
no precisamente testimonial. A Tilmant, en concreto, se le atribuye haber percibido por su gestión un total aproximado de 8 ó 9 millones de euros entre el 2005 y el 2007, además de un salario anual de otros 1,3 millones de euros.
El pasado 2008, ING acumuló pérdidas de al menos 1.000 millones de euros y su valor bursátil ha caído algo más del 80 por ciento en los últimos meses. Hace pocas semanas, el presupuesto público holandés tuvo que inyectarle 10.000 millones de euros para evitar su desplome y acaba de presentar un plan de reducción de empleo que supondrá el despido de unos 7.000 trabajadores de la plantilla.
Semejante panorama no puede por menos que suscitar reacciones contrarias, sobre todo entre quienes de verdad están padeciendo, directa o indirectamente, los peores efectos de la crisis; es decir, buena parte de la sociedad. Surgen no pocas dudas: ¿en qué medida los buenos resultados eran consecuencia de la labor de los gestores?, ¿o eran sobre todo fruto de una coyuntura generalizada, en la que todo iba bien? Y, lo que es peor, más en clave de sospecha: ¿hasta qué punto su gestión
expansiva
ha contribuido o sido causa de la catástrofe posterior?
En el fondo, la reflexión va más allá: ¿son debidamente compatibles los
bonus
multimillonarios y los abultados
blindajes
previstos para cuando las cosas salen mal? Cómo actúa en realidad el sistema de recompensas, ¿a favor o en contra de los intereses de la empresa?
Todo se complica teniendo en cuenta que demasiadas veces son los propios ejecutivos quienes acuerdan consigo mismos sus esquemas retributivos, incluida la prevista indemnización. Las sucesivas reformas en los modelos de gobierno de las sociedades mercantiles no parecen haber corregido lo suficiente la tendencia a nutrir el máximo órgano societario con personas promovidas, propuestas o en realidad designadas por el primer ejecutivo. Dicho de otra manera: gestores que configuran total o parcialmente el grupo de personas que debe controlar y evaluar su desempeño, sin necesidad de controlar, ni de lejos, la mayoría del capital; esto es, ostentar la propiedad.
La literatura extendida durante los últimos años ha ensalzado el concepto de
crear valor.
Sobre él se ha sustentado y justificado la recompensa otorgada al primer ejecutivo, solo o acompañado por un reducido grupo de colaboradores. ¿No deberían haberse arbitrado contrapartidas para los casos de
destrucción de valor?
En realidad, el sistema de vincular retribución a resultados tiene fundamento, pero se ha desvirtuado a base de incurrir en desproporción y a nadie debe extrañar que se sigan añadiendo voces que reclaman su profunda, seria y urgente revisión.