Tomaba notas para la anunciada apertura por Obama del melón -político y militar- del Oriente Próximo, luego de advertir que el nuevo presidente el asunto de la política medioambiental no lo tiene en la carpeta de perspectivas propias, basadas en la revisión de los lugares comunes consolidados, sino en el montaje de Al Gore -conmilitón suyo en el Partido Demócrata y casi particular precedente en la Casa Blanca-; estaba en eso, digo, cuando se cruzó el espectáculo más mediático que severamente político del presidente Rodríguez en el circo de TVE, donde Lorenzo Milá pudo pasar por sudores casi de muerte ante el amorcillado decurso del espectáculo.
No puedo evitar, a la vista de ello, el hacer una acotación al reiterado estilo político del actual presidente del Consejo. No me cuestiono si lo suyo deriva de un optimismo antropológico que -se conviene- le resulta propio, fatalmente inesquivable, lo cual supone una limitación grave para la percepción de las realidades que ha de lidiar, o si todo es teatro y estrategia, técnicas y opciones en el menester de la política. Tanto da.
Acaso lo más relevante sea que esa manera de comparecer y ese modo de actuar resulte de la sintética expresión amable de un cúmulo inquietante de incapacidades; incapacidades frente a los retos tan graves como los que España enfrenta ahora, con su propia y dramática singularidad dentro del cuadro general, de catástrofe económica, que vive el mundo.
Era ya propiamente un desaire a la inteligencia de los españoles la ficción de democracia directa, o de rituales propios de ella, el directo diálogo del presidente del Gobierno con un público popular, admitamos que honestamente elegido. Ficción porque los democráticamente elegidos para la interlocución política son los componentes del Congreso de los Diputados. Objeto, con la que está cayendo, de su renuencia.
Pero no es ahí a donde quiero apuntar con esta nota. Lo que el espectáculo de marras ponía de manifiesto la noche del lunes era la sublimada síntesis de un talante y de una capacidad de actuar que constituía todo un test para gobernantes. Por eso la cita de Churchill que encabeza estas líneas. Aquellas palabras con las que el primer ministro británico resumía a sus compatriotas qué se les había venido encima con la guerra frente a Hitler, al que Chamberlain había evaluado en la Conferencia de Múnich como posiblemente lo hubiera hecho Rodríguez Zapatero si hubiera estado en su lugar.
Los dirigentes que no se la juegan diciendo la verdad, tal como hubiera correspondido ahora al presidente del Gobierno en esa ficción de suceso democrático, suelen tener un destino cierto en las democracias occidentales. Un ámbito éste de civilización política donde rige la tolerancia cero frente a la tentación, la pretensión o el simple amago de tomar por imbéciles a los componentes del censo electoral.
¿Qué es eso de decir que ya escampará? Hay que decir cuándo, cómo y con qué. Cuando el crédito político se acaba, no valen promesas fantasiosas ni creatividad publicitaria. A estas alturas, el crédito de ZP se corresponde con el de las hipotecas
subprime.
Menos la sangre, ya descontada, sólo espera el sudor y las lágrimas.