El
realismo
de Solbes y el optimismo impenitente del presidente Rodríguez Zapatero sufrieron ayer los rigores de una ducha casi helada. De un lado, la Comisión Europea (CE) difundió sus previsiones sobre la economía española, confirmando las sospechas de quienes vieron el pronóstico gubernamental del pasado viernes como enésimo intento de dulcificar la realidad. De otro, Standard & Poor's consumó su advertencia de rebajar el
rating
de la deuda pública española, dejándola fuera del selecto grupo de quince países con la máxima calificación.
Las estimaciones de Bruselas para el recién iniciado 2009 son peores que las difundidas por el Gobierno en todos los parámetros: recesión, paro, déficit, deuda y demás. También conviene tener en cuenta que devuelven la economía española a puestos de cola en el conjunto de la eurozona. En pocas palabras, prevén que vaya peor en el corto plazo que el resto de principales socios de la Unión Monetaria Europea (UEM).
Tampoco es casual, sino más bien coherente, que la deuda española haya sido la única emitida por un gran país del euro que se ha visto privada de la codiciada AAA (triple A), probablemente junto a Irlanda, otra de las economías que más está sufriendo los rigores del cambio de situación.
Indudablemente, cabe el recurso a cuestionar los pronósticos de la Comisión e incluso desvirtuar el papel de las agencias internacionales de calificación de riesgos. Comenzando por éstas, a nadie escapa que han cometido errores de bulto en los prolegómenos de la actual crisis y centrado más de una sospecha de poca o ninguna ética en la configuración de sus opiniones. Es cierto también que se trata de una actividad necesitada de regulación estricta. Pero no se puede ni debe pasar por alto que su veredicto sigue teniendo influencia en el sesgo de los mercados: tenga o no que ver de forma directa, la realidad es que la prima de riesgo de las emisiones del Tesoro español se ha multiplicado casi por tres en las últimas semanas, desde que S&P lanzó la advertencia que confirmó ayer.
Respecto al diferencial en los pronósticos, aunque la CE ha errado como todos, hay que reconocer a las estimaciones de Bruselas una mayor aproximación a la realidad de la que en concreto ha evidenciado el Gobierno desde que los problemas comenzaron a emerger. Tampoco va a resultar fácil, por otra parte, tildar de antipatriotas a los expertos comunitarios que elaboran las previsiones bajo la dirección del comisario de Asuntos Económicos, Joaquín Almunia; por cierto, uno de los pocos que ha venido mostrando cierta anticipación sobre lo que ha pasado, está pasando y puede pasar en la economía mundial.
Más oportuno que cuestionar todo lo que suena adverso, será asumir que se ha esfumado el milagro, si es que alguna vez existió. Quiere decir que, en economía, como en la mayoría de cosas, los atajos suelen ser irreales, todo lo más inductores de espejismos que desvirtúan la realidad. Durante algún tiempo, algunos han pretendido y otros creído que existía la posibilidad de obviar tareas, reformas y esfuerzos para equipararse a los que han hecho esos deberes de forma sostenida. Pero lo cierto es que la crisis ha devuelto de forma acelerada a la economía española donde solía: por citar su perfil más lamentable, ostentando lamentables récord en tasa de desempleo entre las grandes economías comunitarias. Si no son momento y razones para acometer reformas serias, ¿lo serán alguna vez?