Estamos en un momento crucial de la Historia y, en las próximas horas, vamos a asistir a la investidura como presidente de Estados Unidos de un joven y brillante abogado del Partido Demócrata, de raza negra, con raíces africanas (en Kenia), que vivió su infancia en Asia (Indonesia) y cuyo segundo nombre es Hussein. La gran revolución de la igualdad entre todos los hombres de Estados Unidos, al margen de su raza o condición social, el sueño por el que luchó Abraham Lincoln y por el que murió Martin Luther King, hoy se hace definitivamente realidad ante los ojos asombrados del mundo y en medio de una ola de entusiasmo, marcada por el magnetismo de Obama y el gran ejemplo de la democracia americana.
Todas las miradas y todas las esperanzas están puestas hoy en la escalera del Capitolio de Washington, donde Barack Obama jurará, en la tarde de hoy (hora española) y sobre la biblia de Lincoln, el cargo de 44 presidente de Estados Unidos, tras una impresionante y emocionante campaña electoral al grito de "sí se puede", que consagrará el ideal americano en la que será una emocionante ceremonia de "entronización" del primer presidente negro de la primera potencia del mundo. La persona sobre cuyas espaldas recae el reto de la crisis económica mundial, americana en especial, la inestabilidad actual de la paz mundial y el deseo de que este gran país recupere el que fue su compromiso fundacional con la Democracia y Derechos Humanos, que fueron violentados bajo el lamentable mandato de George W. Bush.
Desde que Obama salió de Filadelfia, a bordo del tren que rememoró el histórico viaje de Lincoln hacia Washington, se han producido en el mundo noticias sorprendentes que pretenden aparcar los más recientes conflictos para no enturbiar el despegue de la imperial águila negra de Estados Unidos, como lo hemos apreciado en el alto el fuego de Israel a la espera de una nueva tregua sobre Gaza, y en la decisión de Vladimir Putin de reabrir en Europa la espita del gas, mientras el presidente electo decía a lo largo de su viaje triunfal que hay dos guerras por solucionar: la de Iraq para cerrarla de manera razonable, y la de Afganistán para reconducirla de otra manera.
De la otra tercera gran guerra, esta sí mundial, en lucha descarnada con la crisis económica, el paro y el sistema financiero por reconstruir, Obama no cesa de advertir que son muchas las dificultades que le esperan, temeroso de que la gran depresión se instale otra vez en su país, y en otras naciones de Occidente (los desheredados de la tierra habitualmente habitan en ese oscuro sótano), entre las que podría estar España si escuchamos los negros pronósticos que la Comisión Europea ha hecho públicos sobre nuestro país.
Es en este gigantesco desafío económico y social donde Obama se va a jugar su prestigio y sus promesas de cambio, y donde le esperan sus más fieros adversarios en pos de destruir su mágico triunfo político y social, y lo que ello significa para las minorías de color de Estados Unidos y del mundo entero. Lo que anuncia que, si el virus de la crisis no responde pronto al tratamiento de choque de la nueva Administración americana, no vamos a tardar mucho en asistir a un duro ataque contra el nuevo inquilino de la Casa Blanca por parte de quienes, desde el racismo o las posiciones más conservadoras americanas y otras similares de fuera de sus fronteras, juegan al "cuanto peor le vaya a Obama, mejor para ellos".
De hecho ya hemos visto agoreros vaticinios, como los que hizo públicos el ex presidente español José María Aznar con una "exótica" agresión contra el nuevo presidente, lo que pudo ser la causa final de su ausencia en la entrega de medallas de "La Libertad", con la que se despidió el presidente Bush de la Casa Blanca, condecorando a dirigentes que consideró sus fieles aliados en Iraq y América Latina, Howard, Blair y Uribe, y olvidando a su presunto amigo Aznar y los 200 muertos del 11-M en Madrid tras la fotografía de las Azores.
De la nueva presidencia de Obama, el Gobierno España y los españoles en general esperan noticias importantes y positivas en cuatro apartados. En un primer lugar, y con la mayor urgencia, buscando el apoyo y la colaboración de Washington para que nuestro país pueda asistir a la segunda cumbre para la reforma del sistema monetario internacional, que se celebrará en Londres a primeros de abril como la segunda parte y continuidad de la primera cumbre que tuvo lugar en la capital americana, donde España sólo pudo asistir sentada en una silla que, ante la resistencia de Bush, nos prestó el presidente Sarkozy.
El segundo capítulo se refiere al plano bilateral, marcado por la excesiva promiscuidad, al margen de los intereses y sentimientos mayoritarios de los españoles, del último Gobierno del PP y de Aznar con la Administración de Bush, implicando a España en las mentiras de la guerra de Iraq y en las catastróficas consecuencias que dicho conflicto ilegal tuvo para dicho país, sembrando la muerte y la destrucción. Y por la excesiva tensión entre la primera legislatura de Zapatero y último mandato de Bush, por causa de una mal planteada -en la forma- retirada de las tropas españolas que habían sido desplegadas en Iraq por parte del Gobierno de España -y no sólo por Aznar, a título personal o ideológico-, lo que dañó las relaciones entre los dos países a lo largo de los pasados cuatro años, como lo reconoció el hoy vicepresidente de Obama, Joe Biden, lamentando el modo en el que actuó el Gobierno de Zapatero.
Ahora, ido Bush y llegado Obama, se espera una recuperación plena de las relaciones hispano-norteamericanas en todos los ámbitos, y una estrecha colaboración en el marco de la Alianza Atlántica y, de manera especial, en la guerra de Afganistán, donde se espera que Obama ponga precio -el envío de más soldados españoles a esa guerra- al encuentro con Zapatero en la Casa Blanca. Una fotografía con la que el presidente español espera paliar los desastres de su gestión en la crisis económica, expertos como son sus asesores de la Moncloa en todo lo que se refiere al marketing y propaganda oficial.
Otro de los lugares de encuentro de Obama con España estará en el marco de la Unión Europea, con la que el presidente americano quiere lograr a una franca colaboración que cicatrice las heridas diplomáticas de la guerra de Iraq, y en la que España asumirá la presidencia semestral en el 2010, lo que le dará a Zapatero nuevas oportunidades de encuentro con el líder americano.
Finalmente, España y Estados Unidos pueden colaborar en la crisis de las relaciones de Washington con las naciones de América Latina, donde Obama ha prometido un tiempo nuevo, en el que se incluyen tanto Cuba como Venezuela, los países que hoy abanderan el nuevo movimiento de corte indigenista y de izquierdas que está creciendo en el centro y sur del continente americano. Y a no perder de vista el empeño de Zapatero de dar aire a su Alianza de Civilizaciones, desdeñada por Bush y demás potencias del planeta.
Estamos, pues, en el umbral de un tiempo histórico, casi providencial, en el que muchos ciudadanos del mundo, y no sólo de Estados Unidos, tienen depositadas grandes esperanzas de paz, democracia y bienestar, en medio de una poderosa y destructiva crisis económica y social, y cuando todavía persisten numerosos conflictos armados cuyo final nadie, al día de hoy, se atreve a pronosticar. Hoy Barack Hussein Obama llega a la Casa Blanca, el sueño de muchos millones de americanos se hace así realidad, y ese sueño llega en compañía de un deseo y una esperanza que el nuevo presidente de Estados Unidos deberá convertir en una realidad.