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20 enero 2009

Número 3.758 Año X

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LAS PESQUISAS DE MARCELLO

Aguirre y Gómez, en evidencia

Marcello

El pacto secreto articulado en la Comunidad de Madrid entre Esperanza Aguirre y Tomás Gómez -bendecido por Pepiño Blanco desde la sede central del PSOE- para la caza y captura de Caja Madrid (al servicio de la derecha más extrema y en pos de su privatización), le acaba de estallar a los jefes socialistas madrileños en las manos, con la rebelión en cadena de altos funcionarios y concejales de varios pueblos madrileños que han denunciado la sumisión de Gómez a Aguirre, al mismo tiempo que ha causado estragos en la dirección nacional del PP por los acuerdos secretos de Aguirre con sus adversarios socialistas, en contra de los intereses nacionales del Partido Popular.

Por si algo faltara en este bochornoso vodevil político, el diario El País acaba de denunciar una trama de espionaje, de corte mafioso e ilegal, en la Consejería de Interior de la Comunidad de Madrid que ocupa ese siniestro y sospechoso personaje, Francisco Granados, que ha salido por los cerros de Úbeda diciendo que todo esto es sólo una novela. Mientras que Aguirre, atribulada por todos estos escándalos, se ha liado a palos con el citado rotativo, donde se espera una segunda parte de su interesante investigación.

Lo malo del cañón giratorio y de sus 360 grados de ángulo de tiro radica en que, tarde o temprano, acaba disparando sobre tus propias filas, causando lo que en términos militares se suele llamar como "el fuego amigo". Y eso es, precisamente, lo que está pasando con el cañón giratorio que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha montado, políticamente hablando, en la misma torreta del reloj de la Puerta del Sol. El que repica con alegría los cuartos y las horas del día de fin de año y que, si todo sigue como va, acabará doblando, en vez de repicando, sus campanadas en señal de duelo porque los cañonazos sin control pueden causar bajas dentro de la propia Comunidad y también dentro del PSOE madrileño, lo que nos trae a colación un eslogan del tiempo de las rebajas: "dos por el precio de uno".

Y es que Aguirre lleva meses disparando desde la torreta del reloj contra su partido, y en especial contra Rajoy y Gallardón, de una manera obsesiva. Convencida de que así ella se hará con el poder del PP y podrá escaparse de las elecciones autonómicas de la Comunidad de Madrid, donde las últimas encuestas le dan un pésimo resultado, y no creemos que se pueda volver a repetir la operación de Tamayo y Sáez que le entregó hace años el poder. Y en la que quedaron en ridículo tanto Simancas como Pepiño Blanco, y este último ahora con el trasero al aire, por segunda vez, tras el fiasco en Caja Madrid de sus colegas de la Comisión de Control y una vez que Blanco -Roma no paga traidores, ni a los membrillos- pactó con Aguirre el primer el asalto a la Caja madrileña que terminó con una victoria por K.O. a favor de Blesa y Gallardón.

Lo que ha dado pie a una posterior rebelión de numerosos concejales del PSOE de la Comunidad de Madrid contra ese pacto secreto entre Tomás Gómez y Esperanza Aguirre para controlar Caja Madrid, denunciando que semejante operación daña al PSOE y beneficia los planes de privatización de la Caja por parte de la derecha más conservadora, como lo ha confesado el consejero de Hacienda de la Comunidad de Madrid, Antonio Beteta. Otro que anda en coplas e inmerso en una airada confusión, traicionando al PP nacional y poniéndose al servicio de intrigas de Aguirre e I. González, de quien dice El País que se reunió con Pepiño para urdir la trama de Caja Madrid. Como diría Rajoy, parodiando a Romanones: "Joder, ¡qué tropa!".

Ahora, a Aguirre le ha florecido, en el diario El País, un escándalo sobre las andanzas de Francisco Granados -un personaje bajo toda clase de sospechas-, a quien el rotativo le imputa la creación de un grupo parapolicial de espionaje de sus adversarios del PP y del PSOE, al margen de la legalidad. Y dice el pajarito Granados, a quien ya le pillaron con las manos en el despacho del ex vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Alfredo Prada, que esa denuncia es novelesca. A la vez que Aguirre, presa de furia y excitación, dice que lo de El País es una maniobra del PSOE en contra del PP -¡a buenas horas se acuerda Aguirre de su partido!- para no hablar de la crisis económica.

No se ha percatado la presidenta madrileña de dos cosas: en primer lugar, que El País ha levantado la veda de su presidencia y equipo de Gobierno, y que éste puede ser el principio de una serie de escándalos donde, uno a uno van a ir apareciendo otros altos cargos de su Gobierno, como pronto se verá, y puede que El País no sea el único medio en entrar en liza levantando las pesadas alfombras de la Puerta del Sol. La segunda lectura de esta denuncia consiste en que El País ha dejado en pañales tanto a Pepiño Blanco como a Tomás Gómez por pactar en Caja Madrid con Aguirre y su Gobierno, sobre los que pesan numerosas sospechas, muchas de las cuales están en la sede central del PP de la calle Génova, a la espera de una buena ocasión.

Además queda por ver qué hace el ministro de Interior, Rubalcaba, hombre próximo al grupo Prisa, con la denuncia hecha contra Granados y cómo reacciona en esta presunta irregularidad, de imprevisibles consecuencias, el fiscal del Estado, que puede tener material más que sobrado para actuar.

Y a no perder de vista, y estamos enseñando sólo la punta del iceberg, una sigilosa movida en el seno de la Asamblea de Madrid en contra de Aguirre y de su guardia pretoriana, y a favor de Rajoy y de la dirección nacional del PP, cansados como están numerosos militantes, diputados y dirigentes del PP madrileño de la locura y ambición de Aguirre y su clan en contra del PP nacional y, en definitiva, a favor de Zapatero y a pachas con Gómez, como se desprende de los últimos movimientos de la presidenta de la Comunidad.

O sea, que ojo al Cristo que es de plata, y cuidado con el uso perverso que se hace de ese cañón giratorio de la Puerta del Sol, porque este mortífero artefacto también tiene un sistema que le permite bascular de arriba hacia abajo. Y el día menos pensado podría acabar disparando contra el despacho de la presidenta Aguirre, provocando una masacre política, una especie de suicidio colectivo que nadie, en estas circunstancias y a estas alturas de la guerra, debería descartar.


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