Probablemente no hacía falta, pero los últimos días están poniendo aún más de manifiesto la precaria situación energética de la Unión Europea (UE), con varios países sufriendo los rigores invernales sin calefacción. La causa radica esta vez en la interrupción de suministro de gas ruso transportado a través del territorio de Ucrania, causada por un contencioso abierto entre las autoridades de este país y la suministradora estatal Gazprom. Quiere decir, en síntesis, que dos Estados en plena pelea están causando perjuicios a varios
terceros;
en concreto, los socios comunitarios más dependientes del combustible que ha dejado de fluir.
Desde el inicio, el conflicto se ha presentado confuso: no es fácil atinar qué parte tiene mayor razón. Y, conforme ha ido avanzando, en lugar de aclararse se ha embrollado, hasta llegar al día de ayer, martes, cuando se sucedieron noticias contradictorias sobre si se había reanudado o no el suministro... aunque finalmente pareció quedar claro que no.
La UE es absolutamente dependiente de fuentes energéticas importadas: en primer lugar, el petróleo; en segundo término, el gas. Mientras el suministro de crudo está bastante diversificado, el otro corresponde predominantemente a Rusia, sobre todo en el centro y este del territorio comunitario. Ocurre además que el abastecimiento se realiza esencialmente canalizado, mediante una red de gasoductos que atraviesan países anteriormente integrados en la órbita soviética con los que Moscú no mantiene precisamente relaciones de buena vecindad.
Ucrania es un buen ejemplo, pero existen otros potenciales que, entre todos, colocan a las economías comunitarias en una situación de dependencia y vulnerabilidad admitida por todos, pero remediada por nadie hasta fecha de hoy. Algo que se une a otras consideraciones para relativizar el papel en su día otorgado al gas natural como sustitutivo del petróleo y solución a los problemas de dependencia energética del área.
La ausencia de una política y una consecuente estrategia unificadas en materia energética es una muestra añadida a las dificultades de integración efectiva que sigue mostrando la UE. Siendo -como es- el segundo o tercer consumidor mundial de petróleo y el principal cliente del gas ruso, ¿no es razonable otorgarle margen para promover un marco de relación estable con los productores, cuando menos evitando sobresaltos asociados a la escasez?
Pensando en el largo plazo se puede asumir que la política energética deba planearse orientada a la sustitución de combustibles fósiles por fuentes renovables u otras alternativas, pero no queda del todo claro que ésa deba ser la prioridad absoluta a corto: más razonable se antoja que, teniendo en cuenta que el predominio de petróleo y gas se va a mantener durante años, la prioridad se situase en garantizar las fuentes de suministro, entre otras formas abordando relaciones contractuales lo más basadas posible en el enorme potencial comprador que suma la UE. En sentido contrario, mientras cada país siga actuando por su cuenta, será difícil, por no decir imposible, eludir las exigencias de unos vendedores que son plenamente conscientes de la dependencia energética de los compradores.
Desde que empezó el conflicto entre Rusia y Ucrania la Comisión Europea ha buscado mediar por vías diplomáticas, pero los esfuerzos han transmitido más sensación de urgencia improvisada que imagen de una estrategia madurada y estable para afrontar el problema. Seguramente, tampoco ayuda que siga pendiente la fijación de un marco compartido y estable de relaciones entre la Unión y Rusia, acaso por falta de interés en Moscú o quizás porque entre los 27 países siguen existiendo varias visiones sobre cómo articular tal relación.