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14 enero 2009

Número 3.752 Año X

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Europa a medio gas

José Javaloyes

No podíamos tener los europeos -especialmente los españoles- una demostración tan cumplida y tan ilustrada sobre la inseguridad y la dependencia energética que la expresada por el espectáculo de una semana sin gas, en los ateridos Balcanes y en el resto de los países del Viejo Continente que tienen este hidrocarburo como baza principal.

Reducida la idea de seguridad a sólo la militar, es muy fácil ante toda opinión pública desinformada vender la moto de que la arcadia ecológica y el calor para la industria y los hogares se encuentra establecida para siempre y a salvo de todo riesgo, ahí mismo: tras el propio horizonte de los molinos de viento. Los alanceados por el Ingenioso Hidalgo, sólo que un poquito evolucionados. El maná de las energías renovables estaría eternamente ahí. Renovado como la más inagotable de las seguridades.

Un albóndiga de ese porte no se la tragarán jamás los europeos, especialmente después de este segundo episodio de la interrupción de los suministros del gas ruso, hecha por mano de ese delicado demócrata que es Vladimir Putin. El ahora primer ministro, que volverá a ser presidente de Rusia cuando pasen 11 años, nos ha ilustrado a todos sobre lo que significa depender energéticamente de éste o de cualquiera otro de sus estratégicos hidrocarburos. De su voluntad está dejarnos tiritando a todos, con sólo una vuelta de llave, en lo más crudo del invierno y dentro de la más destemplada muestra del calentamiento global...

¿No firmaría Rusia el Protocolo de Kioto, finalmente, para hacernos a los europeos más dependientes de su gas, puesto que contamina la mitad que el carbón del que Europa tiene poco menos que para dar y tomar? Kioto, en este sentido, sí ha sido Jauja para Rusia, como, para la Alemania reunificada, la chatarra industrial de la RDA, que contabilizó como base para obtener un cuantiosísimo superávit en derechos de emisión de gases. ¡Una verdadera pena, sin embargo, que el momio germano-ruso, con lo del cambio climático, se esté tomando un respiro al aire gélido de la gran crisis económica, necesariamente depuradora de esta y otras frivolidades florecidas dentro de la última burbuja pinchada con las subprime.

Pero a lo que íbamos a propósito del gas ruso. Nuestra dependencia, ciertamente, no es de Rusia, aunque sí de Argelia. País con un régimen político cuya donosura democrática corre pareja a la de Rusia y, justo es señalarlo, a la emboquillada teocracia del sultán de Marruecos. Un Gobierno socialista que nos arrimó al gas argelino para suplir las carencias generadas por el parón nuclear, vino a ser suplido por otro que dilapidó ese aval echándose en brazos de las pretensiones marroquíes de quedarse con el Sahara. Territorio del que se apropió Hassan II mientras Franco expiraba y el Estado Mayor era desinformado sobre la cobertura militar efectiva de que disponía la invasión.

Lo cierto, volviendo a Europa, es que ésta tiembla de frío, con dos jornadas añadidas de suspensión del suministro de gas ruso. Bulgaria, Lituania y Eslovaquia reactivan sus centrales nucleares soviéticas, mientras Rodríguez deshoja la margarita de Garoña. Nada le importa que Francia construya en Marruecos, diríamos, las que le "sobran".


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