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14 enero 2009

Número 3.752 Año X

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EL MANANTIAL DE LAS ESTRELLAS

España a la espera de Obama

Pablo Sebastián

El presidente Zapatero, sin decir verdad, apuesta a favor de la recuperación de la economía para finales del presente año y lo hace con igual sonrisa con que reconoce la gravedad de la situación, y el mismo día que Standard & Poor's anuncia la rebaja de la calificación de la deuda pública española, que aumentará su coste, y cuando el vicepresidente Pedro Solbes reconoce que el déficit público del 2008 superó el 3 por ciento. Y cabe preguntarse: ¿en qué basa Zapatero su optimismo proverbial y falta de realismo? Si hay algo aún peor que la cruda realidad de la recesión -y el fantasma de la depresión que no cesa de agitarse- son las falsas expectativas, porque cuando no acaban de llegar o cumplirse, no sólo destruyen la confianza sino que ponen su punto final a la credibilidad.

Y si el Gobierno rectifica todos sus pronósticos, como viene haciendo cada semana desde hace ahora más de un año, y los índices económicos -como el del paro- desmienten el optimismo de cartón piedra, va a ser muy difícil, por no decir imposible, que en nuestro país se rompa la parálisis de toda actividad económica, o del consumo, porque los que están en condiciones de reaccionar están convencidos de que el presidente del Gobierno no les dicen la verdad y que todavía hay que esperar unos meses porque las cosas o se van a poner más baratas, o van a ir a peor, y aún no ha llegado el 'día D' del contraataque financiero y empresarial.

La prueba está en el crecimiento del ahorro y la escasa fluidez del crédito, o en la lentitud de oferta de la obra pública -para relanzar el empleo en el área de la construcción-, entre otras cosas porque las entidades financieras y los municipios que han recibido ayudas del Gobierno están desviando sus nuevos recursos al pago o renegociación de sus propias deudas -nacional o internacional-, sin que nadie desde el Gobierno o desde la oposición exija, como ha ocurrido en Gran Bretaña o en Estados Unidos, la presencia de consejeros o representantes del Gobierno -o del Banco de España- dentro de los consejos de administración de los bancos socorridos, para ver cómo y hacia dónde discurre ese dinero que sale de las arcas del Estado.

En España, la credibilidad del Gobierno -y también de la oposición del PP- está bajo mínimos, y si a ello añadimos que el presidente Zapatero no dice la verdad, va a ser muy difícil que se genere confianza para poner de nuevo en marcha la pesada maquinaria del crecimiento o la actividad económica y empresarial, y en consecuencia del consumo y la recuperación del empleo. Al final los españoles, preocupados como estamos, nos quedamos a verlas venir. A ver, por ejemplo, qué hace Barack Obama dentro de siete días y si la locomotora americana y de Occidente arranca con la fuerza que de ella se espera, y le siguen las primeras potencias europeas. Y así, subidos en el vagón de cola de la UE, a esperar que la recuperación española empiece a dar señales de vida y de actividad.

Estamos, pues, esperando a Obama como si fuera el último tren o tabla de salvación, a sabiendas de que los posibles efectos de su iniciativa, que se debate entre el impulso financiero y la gran obra pública y la bajada de los impuestos, no serán inmediatos, y todavía llegarán mas tarde a la cola de ese imaginario tren, donde está enganchado y casi en la vía muerta el vagón empresarial e institucional español.

Cabría imaginar, ante la gravedad de la situación, que los grandes partidos nacionales, PSOE y PP, e incluso los nacionalistas de CiU y PNV, en un supremo esfuerzo de superación de sus rivalidades políticas, pactaran una estrategia y un gran acuerdo de relanzamiento económico. Pero hete aquí que estamos en año electoral, autonómico y europeo, y la crisis económica es natural caballo de batalla en esta concentración, al menos para el PP, que espera sacar ventaja del río revuelto nacional, y puede que se equivoquen.

Porque si el PP hiciera al Gobierno, con un detallado plan, una oferta de un pacto para reactivar la economía, los ciudadanos, que ya saben quién y por qué negó la existencia de la crisis, lo sabrían apreciar. Pero esos gestos no son propios de estas latitudes, y además para que semejante oferta fuera una realidad y tomada en consideración por el Gobierno de turno haría falta contar con un verdadero liderazgo en el Gobierno y en la oposición. Y, al día de hoy, eso no es posible ni parece que pueda vislumbrarse en un plazo razonable, con lo que, además de depender el tren de Obama, puede que ya estemos perdiendo un tiempo precioso para enganchar al esperado convoy nuestro empobrecido vagón.


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