Eduardo Aguirre, embajador de Estados Unidos en España, se despide hoy con una recepción en la legación diplomática en Madrid después de varios años de una gestión intachable y, por muchos motivos, excepcional. Lo digo con conocimiento de causa porque he tenido ocasiones reiteradas de comprobarlo desde la dirección de
ABC.
Este norteamericano nacido en Cuba y de ancestros españoles -de Múskiz, en Vizcaya- ha desplegado una titánica tarea de relación con todas las instancias sociales, políticas, económicas y culturales de nuestro país. Ha recorrido España de norte a sur y de este a oeste; se ha granjeado amigos allí donde ha ido y ha mostrado una sensibilidad y prudencia política asombrosas en el contexto de las relaciones del Gobierno de Rodríguez Zapatero con la Administración republicana de George Bush. Ni una estridencia, ni un desafine, ni un chirrido en sus declaraciones, comportamientos, actitudes, presencias y ausencias.
Por estos lares no recordábamos un embajador que se haya ganado la simpatía general como lo ha hecho Eduardo Aguirre y su esposa María Teresa. De profundas convicciones ideológicas y morales, Aguirre ha tendido la mano permanentemente al Gobierno pese a las ya conocidas y desabridas salidas de tono del antinorteamericanismo militante que se cuece en la izquierda española. El embajador ha seguido con la mano extendida pese a la orientación gubernamental sistemáticamente reactiva a todas las acciones de la Casa Blanca, aunque fueran positivas y de conciliación, como la amable recepción de Bush a nuestro presidente en la última reunión del G20 en Washington.
Esta tenacidad de Aguirre, inasequible al desaliento frente a un Gobierno que no ha terminado de entender la posición de los intereses españoles en el mundo occidental, ha agrandado la figura del embajador, demostrando una enorme altura, no sólo política, sino también moral, tras la que late un sincero afecto a nuestro país y un auténtico afán para que los lazos entre España y Estados Unidos se hicieran más estrechos.
Eduardo Aguirre ha conseguido su objetivo político y personal en prácticamente todos los ámbitos de la vida pública española, salvo en los irreductibles. Somos muchos los que, sin perjuicio de discrepar -a veces con rotundidad- con la política norteamericana, hemos visto en Eduardo Aguirre toda una expresión de calidad humana y de profundo sentido político. Por eso, muchos le despedimos con pesar.
Si en este país quedase un poco de inteligencia y de sensibilidad -en la política, en la empresa- se haría lo imposible para que un hombre como Eduardo Aguirre siguiese vinculado a España de manera estrecha y permanente. Mientras alguien piensa cómo retener el talento, la amistad y el intelecto del embajador de Estados Unidos, desde este rincón digital le doy las gracias en nombre de miles de conciudadanos sensatos que han visto en su trayectoria diplomática la arquitectura exacta de la probidad personal en el ejercicio de un mandato político. Algo excepcional en estos tiempos que corren.