Escribe Vasili Grossman en
Todo fluye,
su testamento literario, que Rusia, después de vivir durante mil años en la esclavitud, estaba destinada a seguir siendo esclava bajo la Unión Soviética. España vive desde hace quince siglos sometida a un extraño despotismo donde los gobernantes -salvo honrosas excepciones como Castelar o Maura- se preocupan sólo de sus propios intereses y no de los de un pueblo que, entre jaranas, protestas y reyertas, ha aprendido a vivir al margen de una ley que rara vez se ha aplicado.
Así, en el 2009, vemos cómo cada cual hace lo que le viene en gana mientras los políticos miran hacia otro lado. Los pilotos de Iberia y los controladores de AENA hacen huelgas encubiertas sin que les pase nada. Los jueces toman nota y están dispuestos a poner en peligro la existencia del Estado a costa de su propio bienestar. La crisis es de las buenas, pero en Moncloa -cuyo principal portavoz, José Blanco, es tan sólo miembro de un partido- siguen mirándose el ombligo con el único objetivo de seguir en el poder, y quizás por eso su prioridad es reformar la financiación autonómica. Los perjudicados son los españoles que, entre la resignación y la picaresca, siempre sobreviven a los desmanes de sus grandes prohombres.
El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero tiene bemoles. El presi es un hombre sin contenido, ideas ni escrúpulos, y a su inane sombra crecen espantajos sin cerebro como Magdalena Álvarez, fanáticos sin causa como Bibiana Aído y listos sin moral como Alfredo Pérez Rubalcaba. Curiosamente, este Gobierno me recuerda mucho a los tiempos de José María Aznar: como su predecesor, Zapatero se rodea de individuos con una inopinable menor capacidad intelectual, no tiene oídos para lo que ocurre a su alrededor, gobierna a empellones sin fundamento y sin interés en arreglar los grandes problemas de España: Justicia, Educación, cohesión nacional, productividad, desempleo, asentamiento de mafias extranjeras, inmigración ilegal...
Por ejemplo, la última nevada dejó en calzones a las muchas administraciones que se vieron envueltas en el vendaval. El clima no respeta las fronteras autonómicas, pero al día siguiente Zapatero defendió la mayor autonomía de las regiones frente al poder central aunque vaya contra toda lógica. Era lo que interesaba en la precampaña gallega; la realidad no importa. Aznar habría hecho más o menos lo mismo.
Quizás por eso la principal línea argumental -que no idea ni ideología- del actual PSOE es dejar claro que ellos no son el PP, a su entender un monstruo devorador de derechos humanos. Con Zapatero sólo los gays han salido beneficiados, y entre multas, puntos, odios -al humo y a la libertad- y ataques a nuestra conciencia moral, los ciudadanos hemos sido sistemáticamente perseguidos. Pero, gracias a esa propaganda monclovita que tanto me recuerda al NoDo franquista, los tiempos zapateriles parecen un paraíso de libertad e imperio de la ley.
Frente a este Gobierno que NO es del PP, el partido de la oposición vive una siesta permanente. No tiene línea argumental, y sólo protesta algunas medidas que afectan a aspectos marginales de nuestra convivencia. La Educación, por ejemplo, es un asco, pero los populares se preocupan tan sólo por las asignaturas de Religión y de Educación para la Ciudadanía. Interior y Fomento hacen aguas, pero lo fundamental para estos magos de la nada es el acento de Magdalena Álvarez. Y cuando gobiernan, caso de Esperanza Aguirre o Alberto Ruiz-Gallardón, toman medidas más socialdemócratas que los "bandoleros" socialistas. Por no hablar de su empeño en proteger a los culturetas del índice en la ceja.
Los únicos partidos consecuentes son los nacionalistas, entre los que incluyo algunas franquicias autonómicas de PP y PSOE. Tan sólo quieren más poder, canonjías y pelas, muchas pelas, como si fuesen Manuel Godoy, el arquetipo del mal, ambicioso y pesetero gobernante español. Los nacionalistas dicen -con la boca pequeña y torcida, pues nunca lo dicen abiertamente- tener el deseo de la independencia, pero en el fondo saben que necesitan de España para existir, puesto que sin gigante abusón no habría enanos peleones y amantes de una supuesta libertad. El enemigo común es una de las principales bases ideológicas del mal endémico español.
Frente a este estado de las cosas de arriba, con gentuza que sólo piensa en su propio interés -coincidente siempre con el manejo del poder-, se encuentra una sociedad capaz únicamente de melifluas protestas contra algunos pocos despropósitos, mejor si son en el extranjero. El pueblo español nunca ha tenido sentido del Estado al que pertenece y sólo admira, temporalmente, a aquel que está en el poder en cada momento. Aunque le robe la cartera o le mienta descaradamente.
Si a un niño ni los padres ni la escuela le enseñan lo que es la disciplina, el civismo, la moral, el sentido de la autoridad y el respeto a lo común, el niño terminará, nunca mejor dicho, desmadrándose. Los compatriotas de Grossman sólo han conocido, durante un milenio, la esclavitud de la madrecita Rusia. Así, siguen sometidos al yugo de un nuevo zar, Vladimir Putin. En España, desde los últimos tiempos del Imperio Romano, hemos vivido creyendo que el poder tiene derecho a todo. Nuestro histórico desmadre, tan inherente a nuestra esencia como el aceite de oliva, forma parte de nuestra forma de ser y existir. Somos la madre de todos los desmadres y, aun así, seguimos aquí. La Historia no es, ni mucho menos, una ciencia exacta.
dmago2003@yahoo.es