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3 noviembre 2008

Número 3.685 Año X

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Ataque Israel a Irán: ahora o ¿nunca?

Inocencio Arias

En Israel existe el doble y firme convencimiento de que Irán camina inexorablemente hacia la posesión del arma nuclear y de que la comunidad internacional, dividida, es incapaz de impedírselo.

Hace tiempo que los israelíes perdieron toda esperanza en la ONU para frenar los reiterados incumplimientos iraníes. En Estados Unidos, en estos momentos, tampoco pueden confiar demasiado, los americanos tienen dos guerras en marcha, Iraq y Afganistán y temen que un golpe contra Irán ponga los precios del petróleo en la estratosfera. La posible victoria de Obama en las elecciones aleja aún más la posibilidad de una intervención yanqui, que últimamente tampoco considera el Gobierno de Bush.

Eso deja a Tel Aviv bastante solo materialmente, aunque quizás no moralmente. Un cierto número de potencias, incluidos varios gobiernos árabes sunitas de la zona, no verían con malos ojos que Israel sofocara las pretensiones de Irán. No lo admitirán, claro. Pero no les importaría que alguien les hiciera el trabajo sucio. El hecho, con todo, es que Israel está, al menos aparentemente, solo.

Dentro del país judío el tema es obviamente polémico y objeto frecuente de consideración, sobre todo ahora que hay elecciones con encuestas bastante empatadas, lo que significa que puede volver Netanyahu, un dirigente más duro que el actual titular del Gobierno y que sería más intransigente con los palestinos, aparte de fomentar el avispero de los asentamientos ilegales. Mostrarse indiferente hacia algo que ponga en peligro a Israel no debe ser rentable electoralmente. Las declaraciones reiteradas del presidente iraní sobre la existencia de Israel tampoco tranquilizan.

El problema es que asestar un mazazo a las instalaciones iraníes no es sencillo. Lo hizo en el pasado en 1981, en la central iraní de Osirak. Entonces el blanco era claro. Hoy día, las instalaciones iraníes parecen estar, de un lado, más desparramadas, lo que significa que el asunto no se solucionaría con un solo ataque y, de otro, no es seguro que los servicios de inteligencia tengan a todas localizadas.

Israel, pues, debe de estar deshojando una peligrosa margarita. No puede fallar en una operación para la que no tiene el aplauso ni siquiera de su aliado estadounidense. Permanecer inactivo, a la vista de la situación internacional, significa encontrarse con un Irán provisto del arma atómica. En dos años o en ocho, pero provisto. Para muchos israelíes es un problema existencial. De ahí que les pida el cuerpo hacer algo.


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