Con su habitual buen criterio y mejor expresión, Ignacio Camacho escribía ayer domingo
(ABC)
que en este país nunca llueve bastante para apagar un fósforo, en referencia a la polémica sobre las declaraciones de Doña Sofía a la periodista Pilar Urbano, recogidas en el libro
La Reina, más cerca,
reedición de otro anterior que ahora vuelve a las librerías con motivo del setenta cumpleaños de la soberana, ayer, 2 de noviembre. El aniversario real -signado por el debate de las opiniones de la Reina sobre asuntos espinosos- ha servido para que en el fin de semana se haya producido una auténtica orgía en la televisión, en internet y en los periódicos con comentarios -sensatos e insensatos-, informaciones -unas ciertas y otras falsas- y con algunos juicios de valor muy graves -unos solventes y otros frívolos-.
Quizá el pronunciamiento a mi juicio más llamativo y relevante ha sido el del diario
El País,
referente del centro-izquierda español, habitualmente mesurado y ecuánime en el tratamiento de la Corona y siempre respetuoso con las personas del Rey, la Reina y los miembros de la familia real. Según este diario (en el editorial titulado "La Reina toma partido", del sábado pasado), se hace una afirmación que requiere de algún análisis riguroso. Dice el periódico que "más allá de este episodio -se refiere a las declaraciones de Doña Sofía- hay síntomas de un cierto desgaste de la institución, sobre todo entre los jóvenes, para quienes acontecimientos como el 23-F quedan lejos. Sería imprudente que los Reyes no lo tuvieran en cuenta (?)".
Parece desproporcionado emitir un juicio tan taxativo en relación con la Corona a propósito de una polémica que -merezcan las palabras de la Reina aplauso o reproche, por lo dicho en ellas o sólo por decirlas- objetivamente merecería una consideración menos pesimista. Porque, en definitiva, la Reina carece de funciones constitucionales más allá de una regencia imposible en las actuales circunstancias, y sus apreciaciones son, unas, conservadoras, y, otras, más ceñidas a criterios que se denominan progresistas. Y sin embargo, se observa, según
El País,
un "cierto desgaste de la institución". No será, desde luego, por este último episodio que por sí mismo carece de entidad. Pero sí, seguramente, porque la reacción mediática ante las declaraciones de la Reina se comporta como un factor detonante de un proceso de ataques a la Monarquía que, en determinados periodos del pasado reciente, conformaron una pinza: los ataques al Rey, al Príncipe de Asturias y a la familia real no venían sólo de la izquierda republicana y de los nacionalistas, sino también de un núcleo de la derecha más recalcitrante que requiere constantemente de la Jefatura del Estado posicionamientos de parte o totalmente autónomos respecto del Gobierno democrático de turno.
En su momento, quien esto escribe lo denunció porque -y así sigo pensando- la Corona, con todos sus fallos y errores, garantiza unos valores nacionales esenciales que remiten a la tradición, por una parte, y a la idea nacional de España, por otra. Ahora, muchos meses después de haber subrayado el peligro de jugar con ese fuego crítico, alimentado por unos y por otros y sazonado con actos brutalmente irrespetuosos o cuasi delictivos (caricaturas hirientes y quema de fotografías en la vía pública, junto a llamamientos a la "abdicación" del Rey), se comprueba que la Monarquía es una institución frágil, que reclama una adhesión voluntaria porque no es electiva y que, como ha declarado la Reina ("los Reyes no se defienden", ha dicho) carece de instrumentos eficaces de defensa y blindaje en una sociedad abierta, libre e hipercrítica.
Creo, en definitiva, que la Corona debe ser preservada, no sólo mediante la perspicacia de su titular, su familia y su entorno, sino también a través de un juicio mediático más generoso y ponderado que ponga siempre en la balanza los méritos contraídos por los Reyes desde hace más de treinta años y sus muy contados deslices. Y que tenga presente que la Monarquía no gusta a los radicales, bien porque abominan de la institución, bien porque la quieren a su servicio exclusivo. Y son estos extremos los que la desgastan o intentan hacerlo ante el excesivo aquietamiento de los que deberían contrarrestar esa labor sorda de erosión calculada.
Que de toda esta diatriba se extraiga alguna conclusión aleccionadora para el futuro inmediato, porque sólo faltaba que a un régimen constitucional tan fatigado como el español se añadiese el "desgaste" de su Monarquía parlamentaria.