Si hacemos caso a todas las encuestas publicadas estas últimas fechas, puede darse por segura una victoria de Obama, que alcanzaría los 270 votos exigidos en el Colegio electoral para ganar la presidencia de Estados Unidos. Incluso ganaría el voto popular. Algunos aventuran un
landslide,
un alud, parecido al de Reagan en 1980.
Obama era prácticamente desconocido hasta su brillante discurso en la Convención demócrata electoral del 2004. Presentó su candidatura a la presidencia y en las primarias demócratas derrotó, sorprendentemente, a la gran favorita, Hillary Clinton, apoyada por su formidable maquinaria electoral con su marido a la cabeza. Hoy, después de casi dos años de campaña, un afroamericano no descendiente de esclavos tiene muchas más probabilidades que su contrincante McCain de ser el próximo presidente. Todo ello a poco más de sesenta años en que hubo los últimos linchamientos de negros en el sur del país.
Un gran deseo de cambio ha llevado a Obama hasta donde ahora está, con participación electoral notable en las primarias y con mítines con presencia multitudinaria, algo no visto desde hace muchos, muchos años en un país en el que cada vez vota menos gente y en el que ese voto es cada vez más cosa de blancos de clases medias y altas. Al menos hasta ahora. Precisamente, esa presumible mayor participación, sobre todo de jóvenes y de minorías, puede ser un de las claves del triunfo de Obama.
Una de las claves. Hay más, y entre ellas dos destacables. Una, el fracaso estrepitoso de Bush, el peor presidente de la historia del país con índices actuales de rechazo de cerca del ochenta por ciento, fracaso que alcanza a todo el republicanismo. Dos, la crisis económica que ha desplazado a otros dos grandes temas (decisivos en el 2004): la guerra de Iraq y la correlativa visión del presidente como "comandante en jefe" (ahí tenía clara ventaja McCain) y los
values,
los valores en los que el electorado evangélico, más de un veinticinco por ciento del total, tiene mucho que decir, siempre en contra de los demócratas.
La campaña ha batido todos los récords de gasto, unos dos mil millones de dólares, en el caso de Obama todos ellos de origen privado. Sus recursos han superado ampliamente a los de McCain, y éste es otro claro indicador de victoria, porque la gran mayoría de esos fondos son de los llamados "intereses especiales" y no de pequeñas aportaciones, aunque éstas han sido más importantes que nunca. Esa financiación privada es uno de los grandes pasivos de la democracia de ese país porque luego hay que dar algo a cambio.
Un par de observaciones finales a la luz de lo ocurrido otras veces. Las encuestas amplían la actual mayoría demócrata en la Cámara de Representantes (que se elige en su totalidad) y vaticinan mayoría demócrata en el Senado (que se renueva en un tercio), pudiendo llegar incluso a sesenta senadores, cifra que permite evitar el "filibusterismo". Otras veces, al votante no le ha gustado esa probable mayoría aplastante en el Ejecutivo y en el Legislativo. Segundo, a pesar de las mejoras, los sistemas de votación, que varían de Estado en Estado, incluso de Condado en Condado, siguen presentando notables agujeros que, en general, perjudican a votantes de minorías, presumiblemente demócratas. En resultados muy cerrados, la vergüenza de Florida en el 2000 y las sospechas de Ohio en el 2004 pueden volver a repetirse.
¿Qué importancia tendrá el ya famoso "efecto Bradley", forma políticamente correcta de llamar al racismo? Un conocido sociólogo, Andrew Hacker, autor del fundamental
Two nations,
lo ha estimado en unos siete puntos de votación. El racismo, consciente o inconsciente, abierto o solapado, sigue presente en una parte de la sociedad norteamericana. Cuánto pese a la hora de votar, no lo sabemos. La respuesta, este martes. Salvo que tengamos una segunda edición de Florida 2000.