El presidente del Gobierno español podría presumir de encabezar el Ejecutivo menos intervencionista de Europa, el que se ha abstenido, hasta ahora, del pecado de meter la mano en los asuntos económicos y financieros privados. Sospecho que no hará ostentación de ese hecho, no cuenta entre sus preocupaciones. Los británicos, los holandeses, los belgas, los franceses, los daneses? han nacionalizado e intervenido entidades financieras amenazadas de crisis; los franceses, con el hiperactivo Sarkozy a la cabeza, han proclamado que a ellos no se les va al garete el equilibrio financiero y que el Estado llegará hasta donde haga falta; Berlusconi, con la jactancia que le caracteriza, anunció, sin entrar en detalles, que garantizará el ahorro de los italianos, y los irlandeses han extendido un aval general sobre los depósitos en sus bancos por dos años, violando varias normas comunitarias.
En ese contexto y con semejante escalada, el más izquierdista de los dirigentes comunitarios, el Gobierno español que preside Zapatero, no ha dado hasta ahora un solo paso más allá de reiterar que los bancos españoles son los mejores del mundo y que no están amenazados de insolvencia o iliquidez.
Conviene insistir en el ?hasta ahora?, porque no hay garantías de que continúe esa solvencia y liquidez a lo largo de las próximas semanas o días. La fase ?revulsiva? de un pánico financiero, y lo que viene ocurriendo desde hace tres semanas en el mundo, es una situación típica de esa naturaleza, se extiende como el huracán sin respetar nada y arrasando a su paso cuanto encuentra. Cualquier sistema o entidad, el más sólido y rentable, puede sufrir de iliquidez y ver comprometida su solvencia.
Para prevenir contingencias algunos gobiernos extienden garantías universales en la creencia de que nunca tendrán que aplicarlas, entre otras razones porque serían de imposible cumplimiento y porque en ese caso todo se habría derrumbado. Ahora se trata de insuflar confianza, contener la fase revulsiva y recuperar la normalidad, para recontar los daños e iniciar las reparaciones.
Zapatero se ha mantenido distante y ajeno a la tormenta, pero estos últimos días ha tomado conciencia de que hay riesgos y que tendrá que mover piezas y ofrecer respuestas, actuar para prevenir. En el caso español la clave no radica en la garantía de depósitos, aunque duplicar o triplicar el techo de referencia se puede hacer sin costes o riesgos insoportables. La clave reside en la liquidez, en el flujo de la financiación por las cañerías del sistema, el mantenimiento del crédito a los agentes económicos para no debilitar aún más una economía debilitada como la española.
Rebajar unos puntos el impuesto de sociedades no tendría efectos hasta pasados muchos meses; mejorar la desgravación a la compra de vivienda, otro tanto (además es de dudosa eficacia); lo que es más urgente y decisivo es el flujo de financiación a las empresas, a los clientes conocidos, y para eso el Gobierno dispone de instrumentos y de capacidad. La triple A de la deuda soberana del Reino de España y el bajo nivel de endeudamiento público (menos del 40% del PIB) debería servir en una coyuntura como la actual para desatascar las cañerías financieras del sector privado (que sí está endeudado en el exterior y que tiene problemas para refinanciar) y dar respiro a ese sistema financiero tan eficaz del que tanto se pavonea Zapatero.
De las reuniones que el presidente tiene previstas para esta semana hay que esperar respuestas, decisiones efectivas con efecto inmediato, que sean adecuadas para modificar las expectativas. La pasividad, la frialdad del Gobierno ante la crisis financiera puede que no sea sangre fría sino indiferencia o inconsciencia.