El Barcelona fue un vendaval. Lo nunca visto. Jamás en los partidos entre Barcelona y Atlético se había dado un caso similar. Las confrontaciones entre ambos se han distinguido en muchas ocasiones por la cantidad de goles marcados. En esta también hubo número elevado de dianas, aunque con la diferencia de que casi todas cayeron en la misma portería. Antes de que todos los espectadores del Camp Nou se acomodaran, su equipo ya ganaba por 2-0. Antes de que los
culés
comenzaran a afianzarse en la idea de que con tal ventaja la victoria podía llegar sin grandes complicaciones, ya había marcado su equipo el tercer tanto. El gol atlético de Maxi fue un pequeño respiro para los rojiblancos. Después llegaron el cuarto y el quinto y tras el descanso los azulgrana se dieron un respiro y no pasaron de la media docena. En algunos momentos se llegó a pensar que el grupo de profesionales barcelonistas no quería humillar excesivamente a sus adversarios, colegas, compañeros de oficio.
Si el Barça fuera capaz de repetir juego tan arrollador domingo tras domingo sería casi imposible vencerle. En las vísperas se había hablado del presunto duelo entre Messi y Kun Agüero. No hubo tal. El primero no juega nunca solo porque siempre tiene a mano el pase de Xavi o la jugada de Iniesta. El segundo, sin Forlán, quien le abre huecos, y sin centrocampistas que creen la jugada, tiene muy difícil colocarse en situación de marcar.
El Barça arrolló al Atlético en el juego de medio campo. Se adueñó del balón y creó tal cantidad de ocasiones de gol que el partido pudo haber acabado de manera más escandalosa que la de la media docena.
No hubo duelo posible porque hubo abismo entre el juego azulgrana y el rojiblanco. No hubo siquiera otras emociones que las creadas por los locales. Los visitantes dieron sensación de derrota desde el primer gol.
El Barça exhibió alegría en el juego, auténtico divertimento. El Atlético fue la imagen triste del vencido. No tuvo capacidad de reacción de ningún tipo. No hubo color.