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02 octubre 2008

Numero 3.680 Año X

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El vuelco copernicano de la banca española

Primo González

No pasa día sin que la calidad de la gestión de la banca española llene espacios y declaraciones, algunas más ampulosas de lo debido. Hasta tal punto ha llegado la cosa que el todopoderoso Financial Times acaba de insertar en sus páginas algunas líneas altamente elogiosas sobre el modelo bancario español y para sus autores. No faltan los elogios repartidos entre el Banco de España y los banqueros privados, entre los cuales es obvio que Emilio Botín ocupa espacio destacado.

No es un tema menor que el banquero español más conocido internacionalmente esté estos días metido a poner un poco de orden y bastante apoyo en el decrépito sistema bancario británico (sección banca hipotecaria). ¿Quién lo hubiera dicho hace pocas semanas, cuando desde las páginas de ese mismo diario se anunciaba el inminente desmoronamiento del boom español? Vivir para ver. De modo que a estas alturas, si algún elogio le viene como anillo al dedo a los banqueros españoles es el de los ingleses. En Gran Bretaña, hoy en día, y para solventar calamidades bancarias, parece que sólo hay un bombero con el título en vigor. Y se apellida Botín. La verdad es que es para sentirse orgulloso, sobre todo si con ello se limpian en parte o en todo los agravios (no exentos de frivolidad, en el mejor de los casos) que en las mismas páginas estaba soportando todo lo español relacionado con el binomio banca-crisis inmobiliaria.

Esto ha dado, como dirían los cursis, un vuelco copernicano en cosa de dos meses. No olvidamos que la crisis del ladrillo no ha hecho más que empezar y que el impacto en los balances bancarios está como quien dice en sus inicios. Pero los comienzos no pintan nada mal para el sector financiero español, que está demostrando estos días que no está nada mal equipado para solventar crisis que se están llevando a otras torres más altas por delante. De aquí a que el ciclo empiece a remontar queda posiblemente mucho trecho. Es de esperar que no tan largo como el que penosamente han tenido que peregrinar los japoneses, más de doce años y aún no se han repuesto del golpe inmobiliario. Pero si de verdad estamos en la fase primera de la crisis, es de suponer que el cansancio empezará a hacer mella en algunos balances a la vuelta de unos pocos meses.

La aparente brillantez con la que la banca española está operando en la escena internacional y desde luego en el territorio doméstico lleva forzosamente a preguntarse si no sería también deseable que el sector real de la economía (la industria, los servicios, incluso la Administración Pública) tomasen algunas lecciones del buen hacer bancario. El milagro de la banca española no es tal cuando se miran con cierto detalle las tripas del asunto, sin olvidar que la banca española ha tenido en los años 80 una crisis particularmente intensa e inolvidable para muchos, que llegó a prolongarse hasta bien entrados los años 90, con aquel inolvidable episodio postrero del Banesto.

Aquella crisis proporcionó muchas enseñanzas, sobre todo al Banco de España, que ha pilotado con sabiduría que para sí quisieran los señores de la Fed el devenir bancario. Y dejó puestos unos andamios que han sido providenciales para lo que sucedió más tarde, incluido desde luego el expansionismo exterior del sector y su actual imagen de solvencia. Sobre todo lo que aprendieron los banqueros, muchos de ellos aún sin jubilar, es a gestionar el negocio bancario con dos o tres ideas muy fundamentales: buena base de capital, eficiencia al máximo en la gestión y control de los riesgos. Son quizás las tres reglas de oro que han convertido a los banqueros españoles en líderes del sector en Europa, primero por cualidad, más tarde incluso por tamaño, y todo ello en una economía que no era, ni de lejos, la mejor de Europa. ¿No sería posible que el modelo bancario pudiera aplicarse en España al sector industrial y a las empresas de servicios, incluso a la Administración de la cosa pública?


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