Sobre la crisis económica nada peor que exagerar, que tomar ante ella -como espectadores- una actitud obscena, es decir, verla y presentarla como más real que lo real, dramatizar con ella en el sentido de sobreactuar. Pero igual de malo es tomársela a la ligera. Ha llegado un punto en que todos (los que escriben y los que leen) tenemos noticia directa de ella: o hemos pedido un crédito que no se nos concede o nos parece horrible el encarecimiento de la hipoteca, o nuestra empresa tiene problemas de liquidez o de vertiginoso descenso de los pedidos o la que nos debe pagar arrastra dificultades. Algo es patente cuando no se pueden hacer planes, del tipo que sean, sin tenerlo presente y la crisis económica, no la de los grandes potentados financieros de Wall Street ni la de los exagerados promotores inmobiliarios que piden "rescate", sino de la contabilidad personal y familiar, es ya algo patente entre nosotros.
Así que, sin exagerar, tampoco debe tomarse a la ligera. España, independientemente de lo que ocurra en el Congreso de Estados Unidos, precisa medidas urgentes y reformas estructurales a las que, más allá del debate ideológico sobre las políticas económicas, vendría bien un cierto acuerdo, al menos el que genere la elemental y menguante confianza de los ciudadanos y los agentes económicos. En este sentido, la respuesta de Mariano Rajoy al anuncio gubernamental de que sería convocado para hablar de economía ha sido la correcta: si de verdad se buscan las aportaciones y el entendimiento convendría que, antes de la foto de los líderes, los equipos económicos de los dos principales partidos comenzaran a reunirse y negociar. Con urgencia, debería haber añadido.
La respuesta es tan razonable que el presidente Rodríguez Zapatero no ha tenido más remedio que aceptarla y tratar de superar así su referencia a intercambiar opiniones y valoraciones sobre la situación financiera internacional, que más parecía la invitación a una charla de café que a tratar de resolver los problemas. Pero parece que el Gobierno, tras negar la situación reiteradamente, tras minimizarla, tras tratar de escaparse de ella con críticas a los demás y optimismo antropológico para lo propio, no puede desquitarse de la frivolidad de tomarse las cosas a la ligera. Así, en el debate de ayer en el Senado, el presidente Rodríguez Zapatero se deslizó por el territorio de las bromas: que si Wall Street y los mercados financieros internacionales están esperando las aportaciones del PP, etc.
Hay en estas chanzas, inconvenientes con la que está cayendo, una cierta afasia argumental, como si, al no poder decir nada serio, se pretendiera salir del paso con un gesto grotesco. Pero la realidad inmediata no es, como quiere insistir el PSOE, que el PP critique los Presupuestos del 2009 antes de conocer el detalle, sino que, ante la gravedad de la situación, el vicepresidente Solbes no pueda asegurar que se vayan a cumplir las previsiones macroeconómicas en que se basan ni pueda garantizar la contención de gasto de sus compañeros de Gobierno.
Desde luego, en su visita a Nueva York, no fueron los mercados internacionales ni los magnates de Wall Street los que dieron muestras de desear las recetas de Rodríguez Zapatero. Ni tampoco parece que precisen de su concurso y sabiduría sus principales socios europeos. No vendría mal un poco de contención, por tanto, y convertir la invitación al diálogo en algo serio, puesto al servicio de los ciudadanos y no de estrategias partidistas meramente cosméticas.