Primero fue el ministro alemán de Economía, Peer Syeinbrück, quien montó el discurso crítico sobre las responsabilidades contraídas por EEUU con el desvarío financiero -de libertad económica sin topes horro de todo control- que ha llevado a la actual situación. Crítica ésta que tiene una potente explicación adicional y doctrinal, por la condición socialdemócrata del objetor, nada distante, en su intervencionismo, de la tradición reguladora de la derecha germana. Y después ha sido la propia Comisión Europea, al exigir al mundo político norteamericano que asuma sus responsabilidades ante la crisis, llegando a una solución rápida para el rescate.
De tal forma que ayer el presidente Bush volvía a enviar otro mensaje, de apremio al Legislativo de Washington y de tranquilidad al mundo, en el sentido de que el trámite parlamentario no ha cumplido aún su entero camino y de que todavía queda la ocasión para que el Senado apruebe el plan de rescate. Algo que cabe esperar que ocurra, bien que con cuantas modificaciones y ajustes crean pertinentes uno y otro partido.
Tan significativo como la calidad de respuesta, puntual y directa, al mensaje europeo enviado desde Bruselas, ha sido el apremio a los legisladores -que también se juegan lo suyo en las elecciones de noviembre- para que impriman al proceso la máxima velocidad posible, dado que el deterioro de la situación, nacional e internacional, crece en términos exponenciales, visto lo sucedido en Europa y lo que es probable que suceda en Asia si no sobreviene, con el rescate, el golpe de timón que se espera para que los mercados se comiencen a estabilizar, la economía real no resulte también significativamente afectada y para que no se cumpla el vaticinio alemán de que Estados Unidos pierda la supremacía financiera en el mundo, tan ligada a la supremacía militar y a la potencia política.
El cuadro hace ya su tiempo que no deja margen para juegos florales y manifestaciones genéricas. La expresión de los pánicos se enriqueció esta semana -concretamente el lunes- con la aparición de otro nuevo, aparte del propio de los mercados, que ayer rebotaban técnicamente en algunos casos, comenzando por el de Nueva York. Me refiero al de la clase política estadounidense, que en las urnas de noviembre se disputa la totalidad de los escaños en la Cámara de Representantes, además de un tercio de los del Senado.
Ha sido y es el pánico de la clase política, ante la alentada impopularidad del rescate financiero cargado sobre el erario público, en tan gran medida y en tan importante cantidad -de 700.000 millones de dólares-, lo que explica el brutal tropezón del lunes y la aprensión manifiesta a lo que puede suceder mañana en la nueva votación del Senado de Washington.
No es despreciable en verdad, como singularidad histórica de esta crisis financiera en lo que respecta a Estados Unidos, la crisis también del bipartidismo estadounidense. Más en el Partido Republicano que en el Demócrata, la cohesión interna y su materialidad, sólo evidenciables precisamente en elecciones, ha saltado por el aire.