Probablemente no es fácil, pero conforme avanza la evidencia de la crisis se echa cada vez más en falta un poco de didáctica sobre lo que está pasando en la economía mundial. Se nota sobre todo en los dirigentes políticos, muchos de ellos poco o nada familiarizados con la materia y demasiado inclinados a la profusión de frases contundentes, a menudo orientadas a tratar de tranquilizar los ánimos de unos ciudadanos crecientemente imbuidos de incertidumbre y temor. Lo malo es que la solidez de sus certezas va decayendo conforme los hechos desmienten afirmaciones previas que, como las actuales, apelan sobre todo a la fe y ocultan los muchos matices que cualquier pronóstico debería incorporar.
Dos sectores cargan hasta ahora con el grueso de la responsabilidad: de un lado, el inmobiliario; de otro, el sistema financiero, o cuando menos parte de él. Uno y otro se asocian popularmente con la obtención de muy abultadas ganancias en los últimos años. El primero de ellos ha germinado no pocas fortunas exhibidas al borde de lo indecoroso, y tampoco las entidades financieras se han recatado a la hora de exhibir su poderío, entre otros aspectos plasmado en las sustanciosas retribuciones de directivos y consejeros, la suntuosidad de muchas sedes o el protagonismo adquirido en todo tipo de operaciones empresariales de compra, fusión o absorción.
No puede extrañar, por tanto, que en grandes áreas de la población impere una postura recelosa, cuando no contraria a que, ahora que vienen mal dadas, surjan planes y programas de rescate de una u otra forma basados en el empleo de fondos presupuestarios -fruto de los impuestos-, sin clara contrapartida percibida desde la sociedad. Dicho de otra forma, ni siquiera se tiene claro que los accionistas y directivos otrora beneficiados vayan a asumir coste alguno, no ya en sentido presente y futuro, sino respecto a lo atesorado en los años esplendorosos que ahora se ven como causa de la debacle actual.
Sin duda, ese razonamiento peca de demasiado simplista, pero no puede ni debe extrañar que, a falta de otro, vaya calando en el ánimo de parte de la sociedad. Es una razón añadida para acompañar el discurso presente de buenas dosis de didáctica, tanto de lo que pasa como de las opciones reales para que la cosa no vaya demasiado hacia peor. No basta con afirmar la existencia de eso que se ha venido en llamar riesgo sistémico, o dicho de forma más coloquial, evitar que el remedio sea peor que la enfermedad, pretendiendo que los ciudadanos lo crean a modo de artículo de fe: sería preciso explicar con sumo detalle por qué hay que hacer lo que hay que hacer, y en qué medida no hacerlo o hacer otra cosa resultaría más perjudicial para todos.
Es más que probable que en esa ausencia radique algo del rechazo que ha merecido el plan articulado por la Administración estadounidense en la Cámara de Representantes, cuyos miembros, no hay que olvidarlo, se enfrentan a un proceso electoral el próximo mes de noviembre. No ha sido la única causa, pero seguro que los congresistas han valorado el sentimiento contrario de sus votantes, al menos en parte persuadidos de que les tocaba pagar los platos rotos de quienes se han lucrado a base de imprudencia e irresponsabilidad.
La crisis de liderazgo tiene sin duda muchos ingredientes, pero uno de ellos está en la aparente convicción de algunos dirigentes políticos de que son elegidos para gobernar sin más guía que los programas, las convicciones que expresan o han expresado y su propia conciencia. Olvidan que en democracia el control social es permanente, los ciudadanos no tienen por qué entender lo que no se les explica... y cuando no hay explicación suficiente no procede exigir fe.