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29 septiembre 2008

Numero 3.678 Año X

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No estuvo fino Obama con lo de Rodríguez

José Javaloyes

No estuvo fino Obama -o sus asesores, tanto da- con la ocurrencia, en el debate de Oxford con McCain, con el asunto de recibir o no al presidente del Consejo de Ministros español, siendo como es España miembro de la Organización de la Alianza Atlántica. Un hilar tan tosco del candidato demócrata en asunto tan quemante por todos sus costados como el de la Guerra de Iraq pudo ser percibido, por muchos de quienes habrán de votar el 4 de noviembre, como prueba fehaciente de que sobre temas de política exterior -capitales en su importancia por la involucración global estadounidense en todo cuanto late por los meridianos del planeta- el senador por Arizona está del color de los campos en primavera. Verde como el trigo verde.

El Gobierno de España, como cualquier otro miembro de la Alianza Atlántica, es muy libre de tomar posición congruente con los compromisos asumidos con ésta. Pero lo que se haga o se deje de hacer debe estar atenido a ciertas normas o criterios de procedimiento, no necesariamente explícitos aunque sí claramente derivados de la propia naturaleza de las cosas. En este caso, de los códigos de la lealtad, o al menos de cortesía, entre socios y aliados.

Pese al tiempo transcurrido desde el arranque de la anterior legislatura hasta el presente, no se ha amortizado -siquiera cuanto cabe en el grosor de un pelo- la brutalidad simplona de aquello que fue ordenar la retirada inmediata y fulminante de los efectivos militares españoles asignados a la retaguardia, para labores de reconstrucción de un país atacado por motivos sin fundamento y sobre pruebas falsas. La disconformidad tiene sus maneras, como la conformidad y la adhesión a lo que se ha hecho tiene las suyas. Sentarse bajo una pancarta en la presidencia del Consejo de Ministros ha tenido su precio y generado sus efectos correspondientes. Como en tantas cosas, pero especialmente en política internacional, no hay actos gratuitos. Los aciertos se cobran y los errores se pagan, todo proporcionalmente al peso de la decisión.

Pero en el caso de Iraq, no es sólo que aquello fuera en su formato un error fundamental. Es que además llegaba precedido y prologado por el desplante a la enseña nacional norteamericana, cuando la insidiosa soberbia ideológica del entonces líder de la oposición ya presagiaba el fuste y la inquina de otros muchos de sus radicalismos. No podía Rodríguez, desde todo eso, cumplimentar una más acabada presentación de cuanto políticamente detestan las mayorías del electorado norteamericano, en el lado republicano y en el demócrata.

Por eso puede tener su calado, ser incluso trascendental, el error en que ha incurrido Barack Obama al plantear, en su primer debate con John McCain, la cuestión ZP; es decir, la renuencia republicana a darle el trato que es normal observar con los responsables políticos y representantes de naciones que, además, son aliadas. En otras palabras, el test del candidato demócrata en política exterior ha sido para suspenso. Algo no compensado en el temario económico, abordado también en la confrontación por la crisis sistémica que enfrenta el mundo financiero norteamericano. Algo para lo que hoy, mientras los mercados esperan, se habrá de encontrar necesariamente respuesta.


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