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26 septiembre 2008

Numero 3.677 Año X

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Crisis en la campaña norteamericana

Germán Yanke

Nadie duda de que las medidas extraordinarias propuestas por el presidente Bush son necesarias para contener las alarmas y, con ellas, un nuevo y más potente crack financiero que se podría extender por el mundo como un reguero de pólvora. Esta Administración republicana está pagando sus contradicciones porque es, ciertamente, una mala combinación un déficit público galopante y la pérdida de la tradicional seriedad y control de los mercados. La afirmación, ante algunas extravagancias o irregularidades financieras, de que "eso en Estados Unidos supone la cárcel" parece haberse venido abajo convirtiéndose en "eso en Estados Unidos implica la intervención pública" que, si se ha convertido en necesaria, es por los errores del pasado.

En este grave escenario, los dos candidatos para las elecciones presidenciales de noviembre han dado a conocer un comunicado conjunto que, en definitiva, trata de tranquilizar a los ciudadanos. Es una tregua en una batalla en la que las políticas económicas defendidas en sus programas son dispares. Todo parece ahora excepcional: las medidas de urgencia, las intervenciones selectivas, el empeño por parecer unidos ante la crisis. Pero, en contra de algunos teóricos, no parece que el debate de fondo sobre las políticas económicas vaya a terminar como si la crisis fuese un cambio de era sin vuelta atrás. La petición de McCain de suspender de algún modo la campaña y retrasar el primer debate con Obama para asistir a la sesión del senado en la que se tratarán las propuestas de Bush es seguramente, desde el punto de vista estratégico, un error: algunas encuestas le son desfavorables, quizá por el efecto de los problemas económicos, y da con ello una sensación de debilidad.

Sin embargo, esta apreciación es meramente temporal en la campaña norteamericana porque no se sabe la impresión que puede causar un debate aguerrido mientras se trata de salvar in extremis la economía del país. Bush tiene unos índices de popularidad muy bajos, como se sabe, y de ahí el empeño de los responsables de la campaña republicana de presentar a McCain no como un sucesor sino como agente de un cambio necesario. Pero las Cámaras controladas por los demócratas tienen aún peor aceptación en las encuestas y Obama trata de presentarse como independiente de la actitud de su partido. En medio de la crisis, en la combinación de los debates parlamentarios y electorales, se juegan esos intereses.

Ambos candidatos se esfuerzan ahora en dar la impresión de que cuentan con las mejores ideas y con los mejores equipos para afrontar la crisis y superarla. Es interesante cómo los acontecimientos han relevado a la gobernadora Palin a un segundo plano, que normalmente suelen tener los candidatos a vicepresidente, después de la euforia tras su designación. Todo el "orgullo" de ser conservadora ha palidecido cuando son necesarias ideas, programas, políticas concretas. No se trata tanto de la satisfacción personal del candidato con sus principios, sino de la capacidad de convencer a los que no se sienten tan contentos con una alternativa razonable.


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